Un menú japonés para Blasco Ibáñez

 

Restaurantes

Un menú japonés para Blasco Ibáñez

Eduardo Frechina emula el menú que el escritor deseó en el Koyokán

Chema Ferrer
A bordo del lujoso paquebote Franconia, el novelista Blasco Ibáñez dio la vuelta al mundo en 1923, era la segunda vez que un buque de pasaje circunnavegaba el globo con el mero propósito de hacer turismo. Resultado de aquel periplo fue que Blasco publicaría a su retorno en la Editorial Prometeo los tres volúmenes de la ‘Vuelta al mundo de un novelista’. En ella se recogía de manera muy viva las experiencias vividas en cada puerto donde recalaba. Las descripciones de las costumbres de cada país que visitaba incluían en muchas ocasiones las gastronómicas, llamándole poderosamente la atención la de los países asiáticos. Una descripción de ellas la realizó durante el almuerzo en el restaurante Koyokán, uno de los más lujosos de Japón. Blasco Ibáñez no acabó muy contento de lo servido, achacándolo simplemente a la falta de costumbre. Así lo contaba: “Voy conociendo el sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan. Frente a cada uno de nosotros hay una ‘musmé’ sentada en el suelo, que nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla para que todo se mantenga en un orden perfecto o pide con dulces maullidos a sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de escanciar el saké, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los japoneses.” Ese mismo restaurante y las viandas que servía fue también descrito por el poeta y periodista mejicano José Juan Tablada, coetáneo de Blasco Ibáñez. A este le llamó la atención los postres a base de kaki, fruta que curiosamente, llegó de Oriente a Valencia como las naranjas y ahora las suplen en sus huertos.
 
Minuta oriental en Castillo
El restaurante Castillo de Godella participa en las jornadas gastronómicas Albufera al Plat, dedicadas en esta edición a recoger toda la gastronomía que aparece en la obra de Blasco Ibáñez o de la que participó en sus vivencias. Eduardo Frechina, su cocinero, ha preparado una fusión gastronómica de las costumbres orientales y valencianas para esta ocasión, muy probablemente lo que hubiera soñado el escritor que le sirvieran durante su visita a Japón y China. Melón con atún, a falta de un buen jamón nipón; Calçots en tempura y Romesco, un guiño al rebozado que los jesuitas introdujeron en el País del Sol Naciente; un Tataki de Atún con Encurtidos valencianos; el Arroz meloso de Pato Pekín y unas Costillas de Cerdo con Albahaca y Salsa agridulce. De postre, el famoso kuzumochi, un postre tradicional japonés a base de polvo de ‘kuzu’, que es una parra cuya raíz produce un almidón de mucha calidad, con él se prepara el tofu de sésamo. Pues bien, de postre Frechina servirá el Kuzumochi de Chufa y Fresas.
El 27 de marzo de 1924 Blasco Ibáñez desembarcaba en Mónaco, a poca distancia de su casa francesa en Mentón. Cuentan que al verle llegar paseando a su casa le preguntaron: ‘¿De dónde viene don Vicente? -a lo que el escritor respondió- De dar la vuelta al mundo’.