Una Navidad pagana

 

Ferias y Tradición

Una Navidad pagana


Por Chema Ferrer
Acaba el año y llega el momento de celebrar una de las fiestas más destacadas de nuestro calendario, la Navidad. Esta recaba los orígenes de la religión cristiana aunque parece que entra en el tercer milenio habiendo perdido todo su sentido, ¿o no?
Nunca sabremos cuando la humanidad festejó la primera Navidad, pero indudablemente fue hace mucho tiempo. Quizá tuviera su génesis cuando el hombre comenzó a observar que progresivamente los días se hacían cada vez más cortos y las noches más largas, el astro rey sucumbía ante las oscuras tinieblas. Pero aquello tenía un punto de inflexión, llegaba el momento mágico en que el sol parecía detener su caída imparable y sobre el horizonte comenzaba a renacer. La victoria de la luz ganaba terreno a la noche, el júbilo y la esperanza se apoderaban de los hombres, el ciclo vital continuaba y era motivo para celebrarlo. Los pagus (hombres del campo en latín) eran los paganos que celebraban y se regalaban a la luz de árboles de fuego, antorchas y todo lo que rememorase el poder del sol.
El culto a Mitra
El festejo del nacimiento del sol lo encontramos en muchas culturas ancestrales a lo largo y ancho del planeta. Los antiguos romanos no fueron la excepción y aglutinaron en su acervo religioso todo tipo de creencias, como las del culto a Mitra, una religión oriental que importaron las legiones y que se encargaron de difundirla por todo el Imperio. El solsticio de invierno es una efeméride que tiene lugar alrededor del 21 de diciembre. Tres días después, en la media noche del 24 de este mes, celebraban la fiesta del Sol Invictus (Sol Invencible e identificado con el dios Mitra). Parece ser, que el rito principal de la religión mitraica era un banquete ritual que pudo tener ciertas similitudes con la eucaristía del cristianismo. Según el comentarista cristiano Justino, los alimentos ofrecidos en el banquete eran pan y agua, pero los hallazgos arqueológicos apuntan a que se trataba de pan y vino, ritual que sería asumido por los cristianos. Esta ceremonia se celebraba en la parte central del mitreo, en la que dos banquetas paralelas ofrecían espacio suficiente para que los fieles pudieran tenderse, según la costumbre romana, para participar del banquete. Entre otros animales, el rito incluía también el sacrificio de un toro, ritual conocido como taurobolio desde los legendarios tiempos de los atlantes. El taurobolio se componía de varias fases, pero la fundamental era el bautizo de los fieles con la sangre derramada de la res y la confección de variadísimas morcillas en las que la sangre era el ingrediente fundamental. El cristianismo acabaría por condenar todas estas prácticas, y así da fe de ellas el historiador clásico Tertuliano, pero no quedaron erradicadas del todo, y si no, visiten la soriana población de Abejar y pregunten por la Barrosa, seguro que quedarán extasiados.
Saturnales romanas
En ocasiones criticamos que la Navidad se ha convertido únicamente en una celebración del consumo y nada está más cerca de la realidad de sus orígenes Las raíces paganas de esta festividad invernal se celebraba con días de vacaciones, comidas especiales, fiestas y muchas de las cosas que hoy en día creemos que son pura y exclusivamente de nuestra era moderna. Los romanos más castizos ya tenían sus propias fiestas solsticiales antes de la llegada del mitraísmo. Su característica principal era que las clases sociales dejaban de importar y se veía a los grandes señores compartir la mesa con sus esclavos. Incluso regalarse entre ellos era cosa obligatoria. En fin, todos disfrutaban esos días con un ambiente de fiesta, agradecimiento, cordialidad y buenas intenciones. Es por ello que cualquier parecido con la navidad cristiana no es mera coincidencia. Otras de las tradiciones también nos son muy familiares. La gente decoraba sus casas con ramos verdes para demostrar que, pese al frío invernal, la vida continuaba latente; y es que en Europa la tradición de poner un árbol de Navidad viene de muy antiguo, los pueblos mediterráneos solían poner ramos de laurel. Sorprende de estas fiestas paganas la tradición de dar y recibir regalos, ya que creemos que esto es cuestión heredada de Papá Noel o de los Reyes Magos:
 
"Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre,
y postrados en la tierra, lo adoraron; abriendo sus cofres,
y le ofrecieron regalos: oro, incienso, y mirra."
 
Pues nada más lejos de la realidad, la tradición de regalar databa de siglos antes de Cristo y luego fue adaptada por los cristianos. La fiesta pagana más popular se convirtió en la fiesta cristiana más importante. Aquellas festividades tomaban el nombre de saturnales por el hecho de estar dedicadas al dios Saturno. Comenzaban día de la consagración del templo de Saturno en el Foro romano, el 17 de diciembre, se realizaban sacrificios y se ofrecía un banquete público festivo. La fiesta continuaba durante siete días. Probablemente las saturnales fueron la fiesta de la finalización de los trabajos del campo, celebrada tras la conclusión de la siembra de invierno, cuando el ritmo de las estaciones dejaba a toda la familia campesina, incluidos los esclavos domésticos, tiempo para descansar del esfuerzo cotidiano. Todavía en el año 48 d.C. se le llamaba ‘la fiesta de los esclavos’.
Pero la mayor curiosidad gastronómica pagana y de la que somos herederos es nuestro apreciado y tradicional roscón de Reyes. Un dulce que guarda en su interior una sorpresa para quien tenga la suerte de encontrarla.  Junto a los polvorones y turrones, el roscón ocupa un lugar relevante dentro de la gastronomía navideña y mira por donde sus orígenes nada tienen que ver con estas celebraciones. Los antiguos romanos crearon unas tortas redondas para honrar a Jano, dios de las puertas en unas fiestas que se celebraban a principios de año. Estos pasteles dulces que contenían higos, dátiles y miel se repartían entre los más desfavorecidos y solían guardar en su interior un haba que significaba la prosperidad y que convertía a quien la encontraba en ‘rey’ momentáneamente. El premio para el que encontrase el haba consistía en ser liberado durante el tiempo que durasen las fiestas. En el siglo III el rito pagano se convirtió en una fiesta cristiana en la que el protagonismo era para los niños y a quien le tocaba el haba se convertía en rey por un día, de ese modo se asimilaba la idea del Mesías-Niño-Jesús. En Francia, la figura del niño rey adquirió tanta fama que éste era objeto de grandes celebraciones y se le vestía de gala. Este pastel se dio a conocer como gateau du roi y llega a España a comienzos del siglo XVIII con los borbones traduciéndose como roscón de reyes. Con todo, nada de este paganismo tiene que ver con el relativismo generalizado con el que se vive actualmente la Navidad. 

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