Vino rosado, ¿y?

 

La Crítica

Vino rosado, ¿y?


 Chema Ferrer
Nuestros vecinos los franceses, que algo entienden de gastronomía, incrementan lustro a lustro la proporción de vino rosado consumido sobre los tintos o blancos. El pasado año, de cada tres botellas de vino que se bebieron una era de rosado. Además, las regiones productoras, como son Provence, Languedoc-Rousillon, Loire y Corsica y que también tienen una industria turística consolidada, han incorporado con brío estos vinos en las cartas que ofrecen en restaurantes y hoteles. En el apartado general de los espumosos, con el champaña a la cabeza, los rosados también consolidan su glamuroso protagonismo. Algo así está sucediendo con los vinos elaborados en España, nuestros bodegueros no se chupan el dedo, pero estoy convencido que cuestiones culturales y una comunicación errática son las causas por las que estos vinos llamados de una noche no vayan incrementando su protagonismo y ventas. Y lo de una noche es por el escaso tiempo que los hollejos permanecen junto al mosto imprimiéndoles color y otras propiedades. Es muy probable que en el subconsciente del ‘gourmand ibérico’ seguramente habite la palabra clarete, algo que definía en otros tiempos la mezcla de vinos tintos y blancos para obtener algo similar a un rosado. Que sepan que esta práctica está absolutamente prohibida para la producción de vinos desde hace ya muchísimo tiempo y, es más, la producción de un rosado requiere un cuidado y proceso de vinificación más exigente que un tinto, es un vino más delicado, del año, cuyo objetivo es que servido en la copa lo haga en todo su esplendor de colorido, aromas frutales propios de la variedad de uva utilizada y sabor.
Y esto del rosado viene a colación porque los niveles de consumo de vino per cápita en nuestro país han bajado a niveles ridículos en comparación con nuestros vecinos productores, como Italia, Francia o Portugal. Hay otro aspecto de capital importancia y muy relacionado con lo que el distinguido escritor y observador del comer y beber Josep Pla decía bajo el concepto de los vinos humildes. Estos eran y son vinos menos complejos, con graduaciones contenidas, de manera que permitan que un público más joven pueda disfrutar de este alimento líquido sin parangón, tanto por el disfrute que obtendrá en la mesa, como los beneficios que le reporte, siempre que su consumo sea moderado y acorde. Pero hay más, primero Grecia y luego Roma, expandieron en ánforas de vino por Europa los fundamentos más sublimes de lo que tenía que ser el hombre y su organización social. El consumo de vino va parejo al nivel sociocultural de de una sociedad, los daneses beben hoy por hoy más vino que cerveza. ¿Qué se ha hecho en España para provocar un adocenamiento de las nuevas generaciones que ahogan sus entendederas en un bucle interminable botellones infames? ¿Qué ha aportado a este asunto de capital importancia para nuestra civilización el ‘postureo gastronómico’ de los últimos tiempos? Preguntas al viento podemos hacer muchas; pero no lo duden, pongan rosados en la mesa estas Navidades, con burbujas o sin ellas. Hagamos y pensemos del vino el preclaro símbolo en la mesa de los valores de Occidente, los nuestros.
 

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