El mal beber

 

La Crítica

El mal beber

Controvertido uso y disfrute actual de los vinos y espirituosos

Chema Ferrer
En España quedan pocos vinos malos y en Valencia creo que casi ninguno. Los vinos son ahora de buenos a muy buenos, algunos sobresalientes incluso. Pero lo que sí que tenemos cada vez más en nuestro país son malos bebedores. In illo tempore, nuestra tierra era el paraíso de los vinazos, para encontrar un vino que valiera la pena había que buscarlo, mientras que en nuestros países vecinos, también productores de vinos, bebían con delectación sus caldos. Mimados desde la cepa hasta la botella y, cómo no, cuando estaban sobre la mesa. Nuestros vecinos siguen bebiendo vino con la misma frecuencia y cantidad y nosotros hemos pasado de beber malos vinos con naturalidad a tener buenos vinos y beberlos poco, cada vez nos cuesta más hacerlo. ¿Dónde radica el problema?
El vino se hizo y se usó para alimentarse y luego sus cualidades embriagadoras fueron las que lo asociaron al tiempo de ocio y demás. Y esto no es nuevo, lo primero que hizo Noé cuando embarrancó su arca en el monte Ararat, fue coger una curda para celebrarlo, y a base de vino. Lo cuenta el relato veterotestamentario. Del mismo modo sucedió con los destilados, auténticos brebajes reconstituyentes y soporte de aplicaciones médicas que en el Medioevo los moros trajeron a España acompañados de su alquitara para producirlos. El espabilado galeno valenciano, Arnau de Vilanova, no tardó en llevarse el chisme a la Universidad de Montpellier donde daba clases para darlo a conocer en toda Europa. En ese tiempo llegó su disfrute organoléptico y siempre pensé que el culpable fue algún alquimista harto de no encontrar la piedra filosofal y distrayéndose con algún destilado floral. Pues bien, los malos bebedores son hoy en día aquellos que han perdido por completo la consideración de que cotidianamente una copa de vino sirve para acompañar la comida (y no al revés) y que un espirituoso tiene su momento y sus maneras. Las nuevas generaciones de españoles, en su mayoría, viven saturados de información pero huérfanos de buenas costumbres y educación. Estas son cosas que solo es posible trasmitir de generación en generación, con la convivencia cotidiana real, no la que sitúa a los individuos en un mismo espacio pero aislados, obnubilados ante la pantalla que extasía y anula a un tiempo. Compartir mesa, la cotidiana, es cada día más difícil y la consideración de las bebidas con contenido alcohólico queda relegada no solo a los momentos de ocio, sino a la manera de poder enajenarse de una manera cómoda a través de ellos, esto es, mamando de manera considerable y en un corto espacio de tiempo algún destilado, a ser posible sin paso por barrica y mezclado con algún refresco bárbaramente edulcorado que no haga padecer  mi paladar mimado y consentido. Los hechos ya se conocen, son públicos y notorios y la punta del iceberg, los horrendos botellones. Atroz.
Este paradigma al que asistimos no pertenece a nuestra naturaleza. En España, el buen bebedor siempre fue un bebedor social, casi siempre moderado y no como el de latitudes muy al norte, que usualmente bebe para emborracharse. El mal beber siempre fue sinónimo de aquel que perdía su voluntad tras la ingesta de cualquier fermentado o destilado con consecuencias nefastas, pero hoy hay que darle el sentido antropológico que tiene y es muy simple, el que hace un uso inadecuado de las bebidas alcohólicas. En relación al desafortunado botellón, muchos jóvenes esgrimen el argumento de que la consumición de un combinado o bebida alcohólica en un local tiene un precio que no se lo pueden permitir. El argumento no es válido si lo que se pretende es hacer un par de consumiciones a lo sumo, pero este cobra sentido cuando a lo que realmente se aspira es tomar varias copas en un corto periodo de tiempo con el único fin de la embriaguez, que incluye buenas dosis de euforia y desinhibición. Ante este panorama, qué lejos queda el disfrute de una buena copa de vino bien puesta.
El dicho dice que ‘El vino poco, puro y a menudo’ y sin duda esta es la máxima que deberíamos aplicarnos. Hoy por hoy el buen beber está al alcance de todos. Se hacen buenos vinos, sus precios son asequibles, hay destilados de calidad, que invitan a su degustación, y en compañía. Todo esto en cuanto a la materia a tratar, pero es que además se ha venido realizando un trabajo incuestionable sobre el valor de la gastronomía, del disfrute hedonista del acto nutricio.
Entramos ahora en un tiempo en el que compartir mesa con amigos, con familia, va a ser más frecuente de lo normal. Es una oportunidad indudable para colocar el vino, los cavas, los espirituosos en el lugar que se merecen. Ocupando la atención que requieren, valorándolos y consumiéndolos en su justa medida, bien cumpliendo su función nutricia o como la que en los orígenes también participó Noé. Es hora de cumplir con el buen beber. 

TAGS RELACIONADOS