Blasco Ibáñez y La Bodega

 

La Crítica

Blasco Ibáñez y La Bodega

Un siglo de la publicación que conmocionó a la sociedad jerezana

 Chema Ferrer
Desde tiempos inmemoriales el vino ha formado parte de elegías, tragedias, versos y prosas. También sucedió en el cine y sin ir más lejos, y en un alarde de originalidad, bautizamos esta sección con el nombre la deliciosa película ‘Sideways’ (2004), dirigida por Alexander Payne y que se tradujo por ‘Entre Copas’. Pero antes que la pantalla fueron las letras y uno de los grandes éxitos editoriales de los últimos años ha sido un melodrama erótico llamado 50 sombras de Grey. Los libros, aún siendo malos, siempre aportan cosas positivas y en este tuvimos dos: un espejo donde se reflejaban con extremada naturalidad los anhelos libidinosos de las lectoras y algunas sencillas reseñas vinícolas que ayudaron a que muchas de ellas descubrieran lo bueno del vino. Grey es un buen consumidor de vino, acompañándole tanto en los manteles de la mesa como en los de la cama. Recordemos el Klein Constantia de Ciudad del Cabo o el californiano Alban Vineyards, del Valle de Edna.
 
Vino y tragedia
Historias humanas en suma, reflejadas en el fondo de una copa de vino, como ya sucedió hace más de un siglo cuando el escritor valenciano Blasco Ibáñez publicó ‘La Bodega’. En la obra se conculcan el vino y la tragedia convirtiéndose en una de las obras literarias más polémicas de principios del siglo XX. El autor se enfrentó con su novela al poderío bodeguero de la época ambientado en la ciudad de Jerez y con la familia de bodegueros Domeq como trasfondo. Blasco frecuentó la ciudad y los pueblos de la comarca con motivo de su actividad política descubriendo la opresión y el desamparo que sufrían allí los trabajadores del campo. Y así vio la luz 'La bodega', mostrando el ambiente y los problemas del campo andaluz, donde el vino es el protagonista colectivo. Los Dupont, una alegoría de los Domecq, son los ricos propietarios de una gigantesca bodega jerezana, amos de la ciudad y el campo circundante. En sus propiedades, los obreros del campo malviven en jornadas de trabajo interminables, engañando el hambre día tras día y dando con sus huesos sobre una sencilla estera a la espera de la próxima jornada. Los diversos protagonistas de la explotación vitivinícola se verán envueltos en un torbellino de pasiones y sentimientos encontrados: amores no correspondidos, rebeldía, odios y desprecio que tendrán como colofón la amarga violencia. La obra escrita de Blasco nunca llegó a Jerez, aunque años más tarde, en 1930, el director de cine Benito Perojo llevó la novela a la gran pantalla. Un año tardó en estrenarse en Jerez, la cinta se llevó y proyectó en el teatro Eslava, pero extrañamente cerró sus puertas al día siguiente.

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